El impacto del fenómeno climático El Niño no es una novedad para el campo ni para las ciudades de nuestro país, pero un reciente análisis del Banco Mundial coloca una señal de alerta técnica sobre nuestro tablero financiero. La institución ubica a Paraguay, junto con Ecuador y Argentina, en el grupo de las economías que podrían sufrir los mayores impactos económicos de este evento meteorológico en la región. No estamos ante un simple pronóstico de lluvias temporales, sino ante una vulnerabilidad estructural que golpea de forma directa a los motores de nuestra economía.
La pregunta de fondo que plantea este escenario es obvia: ¿qué tan preparada está nuestra estructura económica para resistir shocks climáticos recurrentes? Históricamente, la dependencia del sector primario nos expone a una volatilidad predecible pero pocas veces mitigada a tiempo. La combinación de sequías severas e inundaciones no solo destruye cosechas, sino que altera toda la cadena de valor, afectando el transporte, la logística fluvial y, finalmente, el bolsillo del ciudadano común.
El canal de transmisión: de la finca a la canasta básica
El análisis del organismo multilateral advierte que las amenazas a la producción agrícola y ganadera tienen una alta probabilidad de trasladarse directamente a los precios de consumo interno. En términos sencillos, cuando el clima castiga la producción, la oferta disminuye y la inflación se dispara. Para el consumidor paraguayo, esto se traduce en un encarecimiento inmediato de los alimentos básicos, erosionando el poder adquisitivo real en un contexto donde el salario mínimo ya se encuentra bajo presión constante.
Resulta irónico que, mientras en los discursos oficiales se suele celebrar la resiliencia macroeconómica del país, la realidad productiva siga supeditada a si llueve de más o de menos. La falta de infraestructura de riego adecuada, la débil cobertura de seguros agrícolas para pequeños productores y la precariedad de los caminos vecinales hacen que cada tormenta severa, granizada o viento fuerte se convierta en una crisis económica localizada que luego se nacionaliza a través de los índices de inflación.
Un escenario regional complejo
Compartir el podio de vulnerabilidad con Argentina y Ecuador no es un dato menor. Se trata de economías con realidades fiscales complejas, lo que limita la capacidad de los gobiernos para salir al rescate de los sectores afectados. En el caso paraguayo, el margen de maniobra fiscal es acotado, y la recurrencia de estos fenómenos climáticos extremos obliga a recalcular de manera constante las proyecciones de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB).
La persistencia de lluvias intensas y tormentas severas, que ya se registran en varios puntos del territorio nacional, confirma que los efectos de El Niño ya están en marcha. La respuesta de las políticas públicas no puede seguir siendo reactiva, limitándose a la asistencia de emergencia o a la declaración de zonas de desastre. Se requiere una planificación de largo plazo que traduzca las advertencias de los organismos internacionales en inversión real en infraestructura resiliente. El clima ya no es una variable incontrolable que justifica los malos años económicos; hoy es una certeza científica que debe ser gestionada con rigor técnico.
