El anuncio de que Rusia aceptó reanudar las conversaciones trilaterales con Estados Unidos y Ucrania a partir del 10 de noviembre marca un giro diplomático relevante en un conflicto que parece estancado en el campo de batalla. La decisión se formalizó tras una reunión de tres horas en San Petersburgo entre el asesor del Kremlin, Yuri Ushakov, y el enviado estadounidense Steve Witkoff. Sin embargo, detrás del gesto formal de volver a sentarse a la mesa —algo que no ocurría desde febrero—, la pregunta de fondo no es cuándo hablarán, sino qué están dispuestos a ceder realmente las partes para lograr una arquitectura de seguridad duradera.
Las condiciones sobre la mesa y el factor Trump
Según informó la representación rusa, la propuesta de Moscú se concentra en definir las garantías de seguridad posteriores al conflicto. Ushakov señaló que el objetivo central de las negociaciones debe ser la construcción de “un sistema de seguridad para Rusia y Ucrania después de que termine el conflicto”. Por su parte, el presidente ruso Vladimir Putin expresó su agradecimiento a la administración de Donald Trump y a su enviado por los esfuerzos desplegados para detener la guerra. Las gestiones de la Casa Blanca buscan forzar un punto de inflexión diplomático, aunque las posiciones de fondo entre los beligerantes continúan sumamente distantes.
La gira de Witkoff incluyó un paso previo por Oslo, donde se reunió con el presidente ucraniano Volodimir Zelensky y otros líderes europeos. El mandatario finlandés Alexander Stubb calificó ese encuentro previo como un espacio donde se lograron avances genuinos. A pesar de estos movimientos en la arena diplomática, los intentos previos impulsados desde Washington a lo largo del último año no mostraron resultados sustanciales, mientras las operaciones militares y los ataques de largo alcance continúan de manera cotidiana.
El pragmatismo de Kiev frente a la realidad territorial
El elemento analítico más significativo de la coyuntura proviene de las recientes declaraciones del propio Zelensky. En una entrevista concedida a la cadena Fox News, el mandatario ucraniano admitió de manera abierta la posibilidad de aceptar un cese al fuego que congele el conflicto en las líneas de combate actuales. Esta postura implica asumir, al menos de forma temporal, que Rusia mantenga el control sobre cerca del 25% del territorio ucraniano ocupado desde 2022.
Al ser consultado directamente sobre si firmaría un acuerdo que congelara el frente permitiendo a Ucrania conservar el 75% o más de su territorio, Zelensky fue tajante:
“Sí. Tenemos que congelar”
. Agregó que detener los combates en el estado actual representa el mínimo necesario para frenar la destrucción, pero condicionó la viabilidad de ese escenario a la obtención de compromisos firmes:
“Lo más importante es la paz y también una paz con seguridad”
, enfatizó el líder ucraniano, precisando que exigirá respaldos concretos en materia de defensa tanto a Washington como a las potencias europeas.
El equilibrio de poderes y el costo de la paz
El escenario planteado deja al descubierto la grieta entre el discurso político de victorias absolutas y la dura realidad del frente de batalla. Para Ucrania, aceptar la congelación territorial supone un costo político enorme, contrarrestado únicamente por la urgencia de frenar el desgaste humano y económico. Para Rusia, sentarse a negociar implica validar las gestiones de Washington sin garantizar por ello que vaya a renunciar a sus pretensiones estratégicas de fondo.
La reanudación del diálogo el 10 de noviembre no asegura un acuerdo definitivo; apenas establece un marco de conversación que no se daba hace meses. El verdadero desafío diplomático no consistirá en firmar un cese al fuego temporal, sino en estructurar un esquema de garantías cruzadas que evite que una tregua sea utilizada simplemente como un paño frío para rearmarse antes del próximo combate.
