El escenario macroeconómico paraguayo para este 2026 nos presenta una paradoja que merece un análisis profundo: por un lado, una notable estabilidad de precios respaldada por una moneda local inusualmente fuerte; por el otro, luces amarillas que se encienden en los cimientos del crecimiento a largo plazo. Según el último informe de la consultora Itaú, publicado el 6 de octubre de 2026, la estimación de inflación para el cierre del año se redujo del 3,5% al 3%, mientras que la previsión de crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) se mantiene firme en un 4,5%. ¿Cómo se explica este doble juego de solidez cambiaria y debilidad en la inversión estructural?
La respuesta inmediata se encuentra en el comportamiento del tipo de cambio. El guaraní se consolidó como un escudo eficaz frente a las presiones inflacionarias externas, un fenómeno técnicamente conocido como el traslado cambiario o pass-through. Apoyado por exportaciones agrícolas robustas y por el atractivo de las tasas en moneda nacional para operaciones de carry trade, el signo monetario paraguayo contuvo el costo de los productos importados. Esto permitió neutralizar, al menos parcialmente, el encarecimiento internacional de los combustibles, un factor que suele golpear de forma directa el bolsillo de los ciudadanos.
La inflación bajo control y el dilema del Banco Central
Los números oficiales validan esta trayectoria descendente. En septiembre, el Índice de Precios al Consumidor (IPC) registró una variación marginal del 0,1%, tras un agosto sin cambios. Con esto, la inflación interanual se ubicó en el 1,7%, una cifra que se posiciona muy cerca del límite inferior del rango meta del Banco Central del Paraguay (BCP), establecido en 3,5% con un margen de tolerancia de dos puntos porcentuales. La proyección de Itaú apunta a que el tipo de cambio cerrará el año en torno a los G. 6.100 por dólar, otorgando previsibilidad al mercado cambiario.
Ante este panorama de aguas calmas en los precios, la banca matriz optó por la cautela. El BCP mantuvo su tasa de política monetaria en el 5,50% por séptimo mes consecutivo. La expectativa de los analistas es que esta tasa permanezca congelada en ese nivel hasta finales de 2027. Mantener el costo del dinero en un terreno neutral —con una tasa de interés real ex ante del 2%— es una decisión prudente, especialmente cuando los riesgos geopolíticos y la volatilidad del petróleo siguen latentes en el horizonte internacional.
El desplome de la inversión y el deterioro fiscal
Sin embargo, detrás de la tranquilidad de las góndolas se esconde un dato preocupante que condiciona el potencial productivo del país. Durante el segundo trimestre de 2026, la inversión fija sufrió una dura caída del 11,8% interanual, arrastrada por menores compras de maquinarias, equipos de transporte y tecnología, incluyendo equipos de criptominería y aeronaves. Aunque el PIB global creció un 4% interanual en ese mismo trimestre, la medición desestacionalizada reveló una contracción del 0,9% trimestral, lo que evidencia que la demanda interna perdió vigor y que el crecimiento actual está excesivamente recostado sobre el consumo y la excelente campaña agrícola.
A esta debilidad de la inversión privada se suma el deterioro de las cuentas públicas. El déficit fiscal acumulado en los últimos 12 meses trepó al 2,9% del PIB en agosto, una desmejora sensible si se compara con el 2% registrado al cierre de 2025. El panorama de recaudación tampoco ayuda: los ingresos tributarios reales cayeron un 0,6% interanual en el trimestre móvil terminado en agosto. Aunque el Gobierno moderó el ritmo de crecimiento del gasto primario al 13,5%, la brecha fiscal sigue ampliándose y limita el margen de maniobra del Estado para obras de infraestructura clave.
El grado de inversión en la sala de espera
Esta falta de consolidación fiscal es, precisamente, el argumento que sostiene la calificadora Fitch Ratings para mantener la nota soberana de Paraguay en BB+ con perspectiva positiva, dejándonos a las puertas del grado de inversión pleno que ya otorgaron Moody’s (Baa3) y S&P (BBB-). Fitch advierte con claridad que la calificación podría verse afectada si persisten los desvíos fiscales, el bajo dinamismo de la inversión o un incremento de la deuda pública.
La lección que nos dejan estos datos es clara. Disponer de una moneda fuerte y una inflación del 3% es un logro macroeconómico valioso que protege el poder adquisitivo, pero no es suficiente para asegurar el desarrollo. Si el país no logra revertir la caída de la inversión productiva y encauzar el déficit fiscal, el crecimiento potencial de Paraguay corre el riesgo de estancarse en la complacencia de los buenos precios agrícolas de turno. La estabilidad es el punto de partida, no la meta final.
